viernes, 5 de agosto de 2011

Cuento "Ellos no le cobran"

En La hoja de arena fue publicado el 31 de julio este cuento, después de leerlo quise compartirlo con quienes puedan pasar por este espacio amante de las letras.

Escrito por Sergio Marentes un joven poeta y escritor colombiano, promesa de las letras nacionales.


Señor, déjeme subirme en el asiento de adelante por favor, le dijo el viejo con un tono de voz de más edad de la que aparentaba, lo que pasa es que tengo una piernita enferma, además, voy allí nada mas, un par de minutos y listo. El taxista, un joven de poca vida nocturna y no más al volante público, accedió con indiferencia aparente. No se le pasó por alto la maleta que cargaba el viajero, abultada, pero liviana, ni el hedor a alcohol que expelía la boca del pasajero al hablar. Era como una llama de un dragón épico con fuego de tequila. En pocos segundos el taxi perdió todo su aroma de limpieza y adoptó el de discoteca a la madrugada.
Qué hay, dijo el viejo soltando la frase al viento.
Lo de siempre, dijo el joven, usted sabe, tráfico, gente malhumorada, guerra entre colegas por vencer al final del día los bolsillos del otro. Borrachos. Putas. Lo de siempre.
A propósito, dijo el viejo entrado en confianza, imagínate que se me mojo el billete con el que te cancelo.
El joven disminuyó la presión en el acelerador levantando la punta del pie del pedal, cosa que el viejo, experto conductor, notó al instante por el rugir ahogado de los pistones al bajar de revoluciones.
No te preocupes, calmó el pasajero, si quieres míralo, lo dejas secar mientras llegamos y listo, problema arreglado. Además, no te preocupes, el billete es auténtico, solo se mojó una parte. Si tienes algún problema tengo muchos acá en la maleta para cambiártelo. No es que los haga, ni mucho menos, solo los llevo conmigo, así somos los viejos.
El joven pisó de nuevo el acelerador y el avance aumentó. Tomó el billete con la mano izquierda, lo palpó con técnica, entre el índice y el pulgar, en la parte central en donde se dibujan unas figuritas en alto relieve, justo al lado del rostro del prócer en cuestión. El roce de las montañitas le reveló su autenticidad. Tomándolo, con fuerza, lo sacó por la ventana y aceleró para obligar su secado con el viento mientras pensaba en lo que le diría al viejo en caso de que el billete no secara y en la presunta autenticidad de los de la maleta, en caso de que los hubiera. Los viejos son locos, pensó, cargar una maleta con billetes, y decírselo a un desconocido.
Qué más hay, dijo el viejo mirando esta vez al joven, tú tan joven y tan callado, eso ni yo que soy un viejito, un pobre viejecito.
Soy menos joven de lo usted cree, dijo el joven sin dejar de mirar las líneas blancas pintadas en la ruta mientras pensaba que  las líneas deberían ser imborrables, y usted no es más viejo de lo que parece.
Oh, pero se nota que el trabajo te tensiona muchacho. Relájate, mírame a mí, pleno miércoles y ya me bajé unas cuantas cervecitas, claro está, esa es la ventaja de vivir solo y libre. Llevo unas acá, yo de ti hombre, le recibo una al viejo para acompañarlo. No me dirás que no te da sed acaso tanto trabajo.
No puedo beber, dijo el joven, mi trabajo tiene una alta dosis de responsabilidad social, recuerde que a todos los que trasporto, y los que están afuera, son inocentes, por lo menos de lo que yo haga, y no se merecen la suerte de un borracho. Otra cosa, usted sabe que, Dios no lo quiera, si alguien resulta herido, o peor, muerto, hasta a la cárcel iría a parar, y eso sí es una de las cosas más duras que le puede pasar a alguien como yo, yo creo.
La juventud de hoy día sí que se molesta con facilidad, dijo el viejo poniendo una mano sobre la barra de cambios en medio de los dos, tranquilo muchacho, vamos despacio, no hay que tener miedo de nada. Asústate cuando Dios se enferme.
El joven pensaba ya no en qué decirle sino en qué hacerle a ese pasajero estrella que le trajo la noche, en caso de no dejar de ser irritante, o por lo menos, de seguir haciéndose el estúpido. Qué es eso de que vamos despacio, pensó en un segundo olvidando las líneas de la vía, despacio para dónde, o desde dónde. La mirada del joven cada vez con menos frecuencia estaba en las líneas. Resultaba inquietada con los movimientos de la mano del viejo en la barra que, de a pocos, aligerada, iba de aquí a allá, amenazante. Parecía por momentos que la fuera a accionar. En el semáforo que, concentrado el joven, pasó en rojo, la mano del viejo, cayó lanzada por el viejo sobre la muslo del joven que, por reacción, aceleró más de la cuenta y le lanzó una mirada asesina al viejo dejando de lado la vía, dejando de lado la intención de seguir sin chocar.
Ya te dije, dijo el viejo retirando la mano veloz, no hay necesidad de ir tan rápido. No hay necesidad de matarnos.
Me dijo que iba cerca, dijo el joven con las dos manos sobre el timón, en un par de cuadras se acaba la vía, y todavía no me ha dicho a donde vamos.
Vamos a donde quieras, dijo el viejo sacando algo de su maleta, te pago el tiempo que rodemos, mira que, la verdad es que no quiero llegar a mi casa todavía, quiero darme una vuelta, la vida cuando uno está viejo y solo es tan aburrida que te pagaría lo que quisieras por pasar la noche hablando contigo.
Cuánto es lo que quiera, dijo el joven.
Mira, la vida me ha tratado bien, no me puedo quejar, dijo el viejo probando suerte con la mano de nuevo en la pierna, creo que te pagaría lo que haces en varias noches muchacho, cuánto es, veinte billetes de los que te di, treinta, no sé. Lo que quieras para ser exactos.
El joven decidió dejar la mano del viejo tranquila, si ella se quedaba quieta. Después de todo era un viejo indefenso, además el billete ya estaba seco, de llegar a lanzar al viejo a las patadas. El conductor lo puso sobre la guantera prensado con unas monedas de baja denominación. Cambió de mano de conducción y dispuso la derecha sobre la barra de cambios, para acertar algún golpe de ser necesario, en la cara para ser preciso.
Seiscientos, dijo el joven.
Pero siendo así, dijo el viejo, tienes que decirme qué es lo que haces en la vida para merecerte todos esos billetes.
Yo hago de todo, dijo el joven para engañar al viejo, hago casi de todo y no hago nada al final. Aparte de ser taxista he hecho casi de todo para ganarme la vida.
Eso me gusta, dijo el pasajero frotando las manos temblorosas, yo también he hecho de todo. Mejor dicho, hago de todo un poquito. Pero lo que mas me gusta en la vida es ser loquito.
Qué es eso de ser loquito, dijo el joven al instante tomando la barra de cambios con fuerza y obligando la mano a retirarse por el encuentro de los brazos.
Loquito, ya sabes, vivir la vida sin miedo a nada, con ganas de todo, atreverse a lo que sea.
Y qué tanto es a lo que sea, dijo el conductor sin dejar de ver la mano del hombre con deseos de volver a su pierna.
Mira hijo, cuando uno llega a determinada edad, ya no le importan los complejos sociales o familiares que acarreen los actos que se hacen, es decir, todo es, pasarla bien, y aprovechar el momento sin remordimientos. A mayor intensidad mayor placer.
Ah, dice el joven con falsa sorpresa, haber empezado por ahí. Yo también me dedico a todo, hago de todo. Usted sabe. Claro.
Mi profesión preferida es la chiquiatría, dijo el pasajero, despiadado.
Ya había tocado fondo la situación de aguantarse a un viejo verde, y además pederasta ahora. El joven con inmediatez, actuó.
La vida es curiosa, dijo el joven, mire tantos y tantos carros públicos que hay en Bogotá, y usted subirse en este, y terminar hablando de esto los dos.
Sí, dijo el viejo, definitivamente, me alegra que te gusten los riesgos y la vida a límite. Como elemento agregado te cuento que te puedo dar lo que me pidas, si quieres dinero, si quieres algún regalo. De ahora en adelante podemos ser muy buenos amigos. Vámonos a mi casa de una sola vez, dicen que todo el que sale de allá sale feliz.
No, dijo el joven esta vez más valiente y firme mientras la mano se posaba en su pierna y se cruzaba en el aire con la suya sobre la barra de cambios, esta vez sin forzarse, pero siempre presta a la defensa de ser necesaria en caso de aumentar su voluntad o fuerza, yo conozco un sitio especial para esas cosas, usted ya sabrá que en esta profesión se sabe siempre casi todo.
Se dispuso, mientras la mano pesaba cada vez más sobre su pierna que aceleraba discontinua, a cambiar de dirección. Por la siguiente vía principal giró a la derecha, subió el puente vehicular y al bajarlo, le señaló a su pasajero la dirección de su rumbo al fondo de un barrio de edificios muy parecidos. El taxímetro marcaba más de la mitad de valor del billete, el mojado que ya se había secado.
A dónde vamos muchacho, dijo el viejo dándole un sorbo a su cerveza en lata. Me gusta que aceleres, me gusta que te animes a pasarla bien. Definitivamente, demasiada suerte tuvimos al encontrarnos. No sabes cómo te recompensaré por valiente, además de pasarla bien, porque conmigo, te aseguro que lo pasaras de maravilla. Tengo excelentes referencias, solo tengo un problemita, casi todos son menores de edad para declarar.
El joven, en silencio y cada vez más magullado por las confesiones del pasajero, conducía con la velocidad y concentración necesarias para que la distracción del viejo no lo hiciera preguntar ni decir demasiadas palabras como las que acababa de decir. Se acercaron a un barrio conocido en toda la ciudad por su contenencia de sitios específicos para que la privacidad de las parejas se vea beneficiada cuando así lo requieren las situaciones. Las calles, aunque oscuras, dejaban entrever los ojos hambrientos del pasajero viendo a cada lado como niño en tienda de golosinas tantos neones subliminales del amor invitando a seguir a su propio paraíso.
A cual vamos a entrar, dijo el viejo con afán. No quiero ser monótono, pero, es que no sabes lo feliz que estoy de que nos hayamos encontrado. Todo pensé, menos que a ti te gustara lo mismo que a mí.
Yo conocía uno por acá, dijo el taxista, déjeme buscarlo bien.
Lo que quieras, dijo el pasajero mientras desocupaba la lata moviendo de arriba abajo la manzana de Adán, yo mientras tanto sigo con mi tarea.
Luego de darle unas vueltas a las manzanas del sector, el taxi tomó un rumbo diferente de los establecimientos para el amor.
Por qué por acá, dijo el viejo sorprendido.
Es que ya me acordé en donde queda el sitio del que le hablaba, dijo el taxista con afán de llegar, es por esta esquina. Listo. Volteamos acá y llegamos.
El viejo se frotó las manos, esta vez con mayor fuerza y lentitud.
El taxista se bajó frente a una estación de policía, con un solo policía, y se dirigió hacia ella.
Qué le vas a preguntar, dijo el viejo bajando el vidrio, la policía no es de confiar, créele a este viejo.
Solamente si la administración del negocio es la misma, dijo el joven, ellos conocen a los administradores del negocio y saben que, no cualquiera entra así como así, usted me entiende.
Mientras el pasajero se terminaba de tomar su cerveza última, el muchacho hablaba con el agente de policía. Se le veía en actitud conciliadora, más que inquisidora. El policía le regañaba y le recriminaba, tal vez, su intención con el viejo. El muchacho se defendía con las manos en el aire, parecían decir que los jóvenes también pueden violar a un viejo, pero que este no era el caso. Se le veía siempre con la cara baja, con el respeto hacia un adulto mayor, y a una  autoridad competente. El policía al final de la conversación se dirigió hacia la ventana.
Caballero, buena noche, dijo el policía. Cuénteme una cosa, usted a qué se dedica.
Yo hago de todo un poquito señor agente, dijo el viejo mientras le caía un hilillo denso de cerveza por la comisura derecha, me dedico al comercio, y, a, oficios varios.
Defina oficios varios caballero, dijo el policía acercándose, tenga la amabilidad.
Pues, señor agente, dijo el pasajero bajándose, oficios varios son, cómo le digo. Sí, quiero decir, así como cuando uno hace diferentes cosas, me entiende.
La verdad, no mucho, dijo el agente, acompáñeme por favor caballero y me termina de explicar.
No creo que sea necesario agente, dijo el viejo tratando de volver al carro, mejor díganos cómo hacemos para entrar al sitio que le preguntó el joven.
Los dos más jóvenes se miraron.
Cuánto le debe el caballero señor conductor, dijo el policía.
Son, cuarenta mil pesos, dijo el joven sin pensar, el pobre no sabía ni a donde quería ir, así que lo transporté por mucho tiempo.
Eso es mentira, dijo el viejo gritando, yo ya le di un billete que cubre, sobradamente el valor del viaje hasta aquí.
Caballero, dijo el policía llevándolo de la mano, tenga la amabilidad de pagarle al joven y de acompañarme.
El viejo a regañadientes saco de su bolsillo un par de billetes y los dejó caer al suelo maldiciendo su suerte. El policía lo tomó de un brazo, suave, y lo dirigió hacia dentro luego de que le indicara al joven, con una señal de mano, que se marchara.
Y la maleta que dejé en el carro, dijo el viejo volviendo a mirar hacia donde estuvo el carro segundos antes, ese ratero se la llevó.
Tranquilo, ya él me dijo que lo usted quiere es pasar la noche en una estación y que los detenidos de la noche le donen un poquito de su esperma, tranquilo, que adentro no la va a necesitar, ellos no le cobran.
DIANA ♥